Adamuz muestra la otra cara de una tragedia COMUNICAV 28 UNA RED SILENCIOSA La solidaridad no se quedó en la primera hora. En el casco urbano de Adamuz, bares y comercios ofrecieron café, bocadillos y espa‑ cios de descanso para familiares y efectivos que entraban y salían del dispositivo. El poli‑ deportivo y otros locales municipales se pre‑ pararon para albergar a quienes necesitaban un lugar donde esperar noticias, descansar o recibir atención psicológica básica mientras llegaban equipos especializados. La respuesta institucional fue masiva: más de 200 efectivos de la Guardia Civil se des‑ plegaron en la zona, incluyendo unidades de Seguridad Ciudadana, Tráfico, grupos de reserva (GRS), helicópteros, drones y el Equipo Central de Inspecciones Oculares de Criminalística, que ya había intervenido en otras grandes emergencias. Ese enor‑ me dispositivo técnico se apoyó, en buena medida, en una red de cuidados mucho más silenciosa: personas que conocían cada ca‑ mino rural, cada acceso secundario y cada zona de difícil tránsito y que guiaron a los equipos por senderos que no aparecían en ningún mapa. Diversos testimonios recogidos por la prensa coinciden en un mismo punto: na‑ die preguntó primero de dónde eran las víctimas, qué billete llevaban o qué ideas defendían. En una franja de territorio entre vías, olivos y focos, la comunidad se reco‑ noció como tal en su versión más amplia: vecinos, viajeros, personal ferroviario, sani‑ tarios, agentes y voluntarios compartieron la misma urgencia, la misma vulnerabili‑ dad y, también, la misma determinación de salvar vidas. VOCES DESDE EL TERRENO “Ayudábamos como podíamos”, “Esto le vie‑ ne grande a todo el mundo”, admitió Manuel García, vecino de Adamuz, en declaraciones recogidas por la prensa, e intentó resumir la mezcla de desbordamiento y responsabili‑ dad que se vivió en esas horas. Su frase, sin embargo, encierra algo más: la conciencia de que, aunque los medios materiales sean li‑ mitados, la capacidad de ayuda se multiplica cuando cada persona aporta lo que tiene a mano. Si habláramos con cualquiera de esos veci‑ nos, probablemente restaría importancia a lo que hizo: “Yo solo traje mantas”, “Yo solo acerqué a una chica al pueblo”, “Yo solo cal‑ mé a un niño hasta que llegó un sanitario”. Esa modestia es, en sí misma, parte del va‑ lor de lo ocurrido: la certeza de que la soli‑ daridad cotidiana no se vive como heroísmo, sino como una forma normal de estar en el mundo. Por otra parte, la experiencia de Adamuz ha dejado lecciones sobre la importancia del cuidado emocional en emergencias. Además de la asistencia sanitaria inmediata, se ac‑ tivaron recursos de apoyo psicológico para víctimas y familiares, con profesionales que trabajaron codo con codo con voluntarios y vecinos que ya habían creado, de manera in‑ formal, pequeños círculos de contención en la estación, en el pueblo y en los espacios ha‑ bilitados. © Junta de Andalucía
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