COMUNICAV | Nº32 primer cuatrimestre 2026

ICAV histórico DESDE QUE EN 1759 JOSÉ BERNÍ I CATALÀ FUNDARA EL ILUSTRE COLEGIO DE ABOGADOS DE VALENCIA, LA INSTITUCIÓN HA ACOGIDO A DESTACADOS LETRADOS Y LETRADAS Y HA SIDO TESTIGO DE SU EJEMPLAR TRAYECTORIA PROFESIONAL. EN ESTA SECCIÓN, ELLOS TAMBIÉN SON LOS PROTAGONISTAS. RESCATAMOS PARTE DE SU HISTORIA EN EL COLEGIO. MEMORIA VIVA DEL ICAV La memoria viva de una institución, el conjunto de recuerdos, experiencias y conocimientos que se transmiten de generación en generación entre sus miembros es uno de sus mayores legados. Permite mantener su identidad, aprender de su pasado y construir un futuro mejor. En estas líneas dejamos espacio a aquellos testimonios de los que han formado y siempre formarán parte de la historia del ICAV. ADELA PERELLÓ, UNA VIDA DEDICADA A LA ABOGACÍA Adela llegó a la Abogacía de la manera más inesperada. Venía de Alzira a matricularse en Filosofía y Letras, pero la cola que encontró en la Universidad de la calle de la Nave era interminable. Se fue a la Facultad de Derecho a reunirse con una amiga y, para no volver otro día a Valencia, se matriculó allí mismo. Aquella decisión tomada casi sin pensarlo marcó toda su vida. Sus primeros años de ejercicio fueron, en sus propias palabras, maravillosos aunque un poco duros. Los compañeros eran, reconoce con franqueza, «un poco o un mucho machistas». A las abogadas se las esperaba en asuntos de familia, tráfico, laboral o penales de poca monta. Adela eligió Civil y Mercantil, terreno reservado a ellos. En reuniones y juicios la llamaban «chiquita» o «nena». Su respuesta fue práctica y decidida: se vistió con traje y chaqueta para parecer mayor y siguió adelante con su elección. El episodio resume bien su carácter. Del ICAV de aquellos años guarda muy buen recuerdo. «Todos éramos una familia», dice. El Colegio ocupaba el entresuelo del Palacio de Justicia, entrando a la derecha. Había un mostrador a la entrada, una pequeña sala con un diminuto bar donde los compañeros se reunían a tomar café y pactar asuntos, la biblioteca y algunas estancias que con el tiempo se destinaron a los ordenadores. No había más de siete empleados: Pepito, Rafael, Consuelo y pocos más. Todos ayudaban y trataban a los colegiados con cariño. Era, más que un colegio profesional, un centro de encuentro donde se intercambiaban opiniones y se alcanzaban acuerdos. Y los acuerdos, entonces, eran de otra naturaleza. Lo que más la marcó al inicio de la profesión fue la cultura del pacto entre compañeros: no se redactaba documento alguno, bastaba un apretón de manos o una llamada telefónica. Había respeto y profesionalidad, y quien no cumplía acababa en una lista negra. En 1978 llevó a cabo una suspensión de pagos con 15 bancos acreedores. El procedimiento era acudir a la sala de juntas del Banco de Valencia, cuyo letrado presidía las reuniones con los demás bancos. Si se alcanzaba el acuerdo sobre el plan de pagos, nadie firmaba nada. Solo un apretón de manos entre todos. En su caso se cumplió, y desde entonces tuvo las puertas abiertas con todos los letrados de las entidades bancarias. De toda su trayectoria extrae una enseñanza que va más allá de lo jurídico: la Abogacía le enseñó a no rendirse nunca, a luchar por lo que se cree, a ser mejor persona, a saber que todo el mundo merece una oportunidad, a no juzgar a nadie sin conocerlo y a desconfiar de quienes halagan.

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