COMUNICAV | Nº32 primer cuatrimestre 2026

COMUNICAV 35 MANUEL DE LA LLAVE, LA ABOGACÍA COMO VOCACIÓN DE SERVICIO Manuel lleva el Derecho, en cierto modo, en el apellido. El linaje De la Llave, poco común en España y originario de Cantabria, dejó huella en México desde el siglo XIX. Pablo de la Llave fue diputado por México en las Cortes de Cádiz. Ignacio de la Llave, abogado y político, amigo de Benito Juárez, dejó una impronta tan profunda que el estado de Veracruz lleva hoy su nombre. En la rama española, su padre Manuel quedó huérfano a principios del siglo XX y estudió Medicina, aunque su vocación le inclinaba a la Abogacía. Entre los logros profesionales que destaca figura la obtención de nueva doctrina constitucional, plasmada en la STC 130/1997, de 15 de julio, y el cambio de interpretación del contenido de un tipo penal. Junto al magistrado Miguel Pastor, creó la Sección de Derecho Comunitario Europeo en lo que entonces era la Escuela de Práctica Jurídica. Pero no menos importantes le resultan los logros sin luces: el agradecimiento de víctimas, perjudicados y acusados defendidos a lo largo de cinco años de turno obligatorio y diez de turno grave voluntario, los alumnos de sus ocho años como profesor asociado de Mercantil, y los cientos de consultas evacuadas que, dice con humor, «me han dejado un café gratis, y no siempre». En el plano personal, subraya el papel de la familia. Su esposa, recientemente fallecida, le acompañó y apoyó a lo largo de sesenta años. Sus hijos y nietos son, en sus palabras, responsables de lo que merezcan, pero confía en que no lleven lastre alguno por su ascendencia. Después de seis décadas de profesión, Manuel de la Llave entiende la Abogacía desde su raíz latina: advocatio es ayuda, advocatus es el que es llamado para ayudar. Desde esa perspectiva, la vocación de servicio al cliente y, por extensión, a la sociedad, ha sido el eje de su vida profesional. Y concluye con una frase que resume su forma de entender tanto la profesión como la existencia: «La utopía es irrealizable, pero todavía más es imprescindible». Fueron precisamente sus padres quienes moldearon su carácter. Su madre, valenciana, le enseñó a leer a los tres años y le transmitió buenos sentimientos. Su padre le inculcó un espíritu universal y, a través de su ejercicio como médico, el valor de ayudar a los demás. Desde muy niño leía en voz alta a sus padres durante las comidas, aprendía datos casi sin darse cuenta y se acostumbró a dejar por escrito sus conclusiones, un hábito que con el tiempo le hizo más lógico y preciso. Como decía su padre: «Diagnóstico, pronóstico, tratamiento». Ese espíritu y esas técnicas, recuerda, lo conducen a la Universidad en su sentido más universal y, de ella, a la Abogacía. Estudió becado en Deusto. Cuando acabó, con 21 años, llegaban por primera vez mujeres a la promoción siguiente a la suya. En Valencia ya había mujeres en la Universidad, pero muy pocas en el ejercicio y casi ninguna en la Judicatura. La amistad con el hijo de Carmen Caruana le dio ocasión de frecuentar su despacho y comprobar de cerca que el género no marcaba distancias en conocimientos ni en capacidad, sino en prejuicio social. Aquella experiencia amplió su visión de forma decisiva.

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