COMUNICAV | Nº32 primer cuatrimestre 2026

COMUNICAV 37 Por Eva Altaver y Daniela Rovatti. Fotos: Agustín Rovatti LAS FACETAS Al principio, pensamos que nos íbamos a centrar en Enrique Vila escritor. Después, casi de inmediato, comprendemos que no basta. Está el Enrique que escribe, sí, pero también el Enrique que busca; el abogado que ha convertido una herida personal en una especialidad jurídica; el hombre que lleva 38 años intentando conocer sus orígenes y que, al mismo tiempo, ha ayudado a cientos de personas a encontrar a los suyos. Las preguntas, entonces, no pueden formularse de una sola manera. Hay que hacerla a todos los Enriques. Al escritor, al abogado y al joven que fue. Al que publica ensayos, novelas y ahora poesía,y al que sostiene con una convicción férrea que toda persona tiene derecho a saber de dónde viene. LA BOMBA DE UN EXPEDIENTE Enrique Vila creció sin saber que era adoptado. No tuvo sospechas, no encontró señales, no recibió ninguna explicación anticipada. La verdad lo golpeó —sí, hay palabras que salvan, palabras que protegen y palabras que golpean— a los 23 años, cuando acababa de licenciarse en Derecho. Y ese golpe le abrió una grieta en su biografía. El día que lo descubrió no fue un día cualquiera: su padre agonizaba de cáncer de pulmón y él, recién licenciado en Derecho, ordenaba la documentación de la casa —pólizas, contratos de luz y de agua, escrituras— para que todo quedara en orden. Entre esos papeles apareció una copia de la demanda de su propia adopción. «Con 23 años, te quedas...», dice, y deja la frase suspendida, como si completarla fuera innecesario. La primera reacción fue casi física. Fue al baño y se miró al espejo, como si la cara pudiera haber cambiado en ese mismo instante. No había cambiado nada, claro, salvo la mirada. La segunda llegó como un fogonazo de memoria: un episodio de la infancia, olvidado durante años, en el que unos primos le habían dicho, en una discusión de niños, que a él lo habían recogido. Aquella escena, encapsulada por la mente durante trece años, volvió de pronto con una nitidez exacta. A partir de ahí empezó una búsqueda que todavía forma parte de su vida. Primero con ingenuidad, luego con oficio, más tarde con perseverancia, conocimiento jurídico y una resistencia que solo se explica cuando una pregunta se vuelve irrenunciable. «Encontrar mi expediente de adopción fue una auténtica bomba». CUANDO BUSCAR NO ERA UN DERECHO Vila acudió a la Casa Cuna Santa Isabel, donde había nacido, para intentar conocer el nombre de su madre biológica. Era 1988 y la respuesta fue negativa. Entonces, explica, la ley no permitía al adoptado acceder a esa información. La intimidad de la madre biológica se imponía sobre el derecho del hijo a conocer sus orígenes. Pasaron los años. Se acercó a asociaciones, entre ellas la vinculada a Paco Lobatón, y se implicó en la defensa del derecho a saber. La coincidencia de ser adoptado y abogado fue marcando un camino que, al principio, él no había previsto. Empezó buscando para sí mismo y, casi sin darse cuenta, acabó buscando también para otros. En 1999, recuerda, el Tribunal Supremo reconoció el derecho de las personas adoptadas a conocer sus orígenes biológicos. Aquello supuso un cambio fundamental, aunque no borró de golpe las resistencias. Durante mucho tiempo, las administraciones seguían oponiéndose a abrir archivos y en muchos casos era necesario acudir al juez para lograrlo.

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