COMUNICAV 41 Peñíscola © ELG21 En el extremo norte del litoral valenciano, donde la costa castellonense se recuesta sobre el Mediterráneo y una roca imponente avanza sobre el mar como proa de piedra, se alza Peñíscola. La ciudad lleva más de un siglo siendo algo más que un destino turístico: es un plató natural al que el cine ha regresado una y otra vez desde 1913. Su castillo templario, sus murallas medievales, sus calles empedradas y el litoral virgen del Parque Natural Sierra de Irta conforman un escenario que ningún decorado podría fabricar. Recorrerla despacio es entender por qué directores, productores y localizadores de todo el mundo han elegido este rincón de Castellón para dar vida a sus historias. La llegada a Peñíscola exige detenerse. El tómbolo de arena que une el peñón al continente ya avisa de que el lugar tiene una lógica propia: la ciudad creció hacia arriba, apretada entre murallas, mirando al mar desde los setenta metros de altura que alcanza la roca. Subir al casco antiguo por la Rampa de Felipe II —la misma que millones de espectadores reconocerán como una calle de Meereen en Juego de Tronos— es adoptar sin pretenderlo el ritmo que el lugar impone: paso lento, mirada alta, atención al detalle de la piedra. La ciudad que el cine no ha podido dejar de mirar
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