COMUNICAV 42 PEÑÍSCOLA UNA ROCA QUE LLEVA SIGLOS EN ESCENA La historia de Peñíscola es larga y densa. Fenicios, griegos, cartagineses, romanos y árabes dejaron huella en el promontorio antes de que Jaime I lo incorporara a la Corona de Aragón en 1233. En 1294, la Orden del Temple recibió la plaza y erigió el castillo sobre los restos de la alcazaba árabe, entre finales del siglo XIII y principios del XIV. Tras la disolución de la Orden, el castillo pasó a la Orden de Montesa y, en 1411, a Benedicto XIII —el Papa Luna—, que lo convirtió en su sede pontificia durante el Cisma de Occidente y vivió en él hasta su muerte en 1423. Desde el Patio de Armas, el visitante puede asomarse al estudio con ventanas al mar donde el pontífice aragonés escribió tratados, emitió bulas y defendió su legitimidad frente a Roma hasta el final. El Castillo del Papa Luna fue declarado Monumento Histórico-Artístico Nacional. Su interior conserva la Basílica Pontificia, el Salón del Cónclave, las habitaciones pontificias y la biblioteca de Benedicto XIII. No es solo un monumento: es el eje narrativo de la ciudad y, como se verá, también el corazón de su relación con el cine. MÁS DE UN SIGLO MIRANDO A CÁMARA La vinculación de Peñíscola con el séptimo arte arranca en 1913, cuando Fructuós Gelabert, uno de los pioneros del cine español, dirigió aquí Ana Kadova en colaboración con la productora neoyorquina Cox & Co. Era cine mudo, pero ya © Almudena Sanz Tabernero entonces la ciudad entendió que su patrimonio tenía una dimensión audiovisual difícil de igualar. Más de cien años después, esa trayectoria se mantiene ininterrumpida y la ciudad cuenta con una Film Office municipal que facilita permisos y apoya técnicamente a las producciones que eligen sus escenarios. El salto definitivo al imaginario colectivo llegó en 1956 con Calabuch, la entrañable comedia de Luis García Berlanga rodada íntegramente en Peñíscola. El director valenciano retrató un pueblo costero de ficción que en realidad era, sin disimulo, la ciudad del Papa Luna. La película instaló en la memoria sentimental del cine español una Peñíscola berlanguiana que el propio director revisitó décadas después con París-Tombuctú (1999). En ambas obras, las calles del casco antiguo, la playa y el castillo son protagonistas tanto como los actores. Cinco años después de Calabuch, en 1961, llegó la mayor superproducción internacional que ha tenido a Peñíscola como escenario: El Cid, dirigida por Anthony Mann y protagonizada por Charlton Heston y Sophia Loren. La ciudad representó a la Valencia medieval, y el Portal Fosc —la puerta en ángulo construida en tiempos de Felipe II— fue escenario de algunas de las secuencias más recordadas del film. Desde entonces, Peñíscola es conocida también como «la ciudad del Cid», y los visitantes buscan los encuadres de aquellas escenas en sus murallas y callejuelas.
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